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Leonardo Sciascia: el escritor polémico*

por Ninny Antonino Aiuto,

lectura en 26 de noviembre 2009
en FondamentaGalería de arte y espacio cultural en Palma de Mallorca

(per il pdf italiano di questo testo, clicca qui: Leonardo Sciascia, lo scrittore polemico)

 

“…..

Se llevaron también al herido (…). Ventura y yo nos sentamos en la escalinata de la iglesia, sacamos la picadura y el papel de liar, por el temblor de las manos derramaba el tabaco al suelo. Algunas casas se abrían, dos o tres ventanas florecieron de banderas rojoamarillorojo.

“Si se me pone a tiro en el momento justo” dijo Ventura “ al periodista ese de tu pueblo le ensarto una bala en el ojo de vidrio”.

“Y a ese coronel” dije.

“Al coronel también” dijo “lo pongo en la lista justo entre los primeros; llevo seis meses haciendo mi lista, está volviéndose demasiado larga, es hora de que me decida a comenzar…”.

Ventura iba un poco de mafioso, decía que durante la guerra del 15 su padre su tío un compadre de su tío un primo de su madre, todos los de su pueblo, en suma, que se hallaron en el frente, no se lo pensaban dos veces en liberarse durante un asalto de los oficiales y de los sargentos ‘infames’.

(…)

Ventura era un buen compañero, tal vez decía esas cosas para animarme; desde Málaga estábamos juntos, siempre cerca en los momentos de peligro. Nos habíamos vuelto amigos un día que le había dado puñetazos a un calabrés a quién le gustaba ‘ver los fusilamientos’, en cuanto tuviese un momento libre decía “voy a ver los fusilamientos” alegre como si fuera a los fuegos de Santa Rosalía;

(…)

Ventura a puñetazos le hinchó la cara. Después de la pelea, invité a Ventura a una copa: pasamos una hora picando cangrejos de mar y bebiendo vino, un vino que era oloroso como el de Pantelleria; sólo entonces empecé a entender lo que era la guerra de España, pues yo creía que los ‘rojos’ fuesen unos rebeldes que querían derribar un gobierno legítimo, Ventura me explicó que la rebelión la habían armado los fascistas españoles, y solos no podían derrocar al gobierno: habían pedido ayuda a Mussolini, Mussolini dice “¿que hago yo con todos los desocupados? Los envío a España y se acabó”

(…)

“Tú” me dijo aquel día Ventura, y ya el vino se le convertía en ternura hacia mí “eres uno de estos que Mussolini se ha quitado de…; un desocupado eres, dejemos que haga la guerra el pobre desocupado; en Italia pasa hambre, en España en héroe se convertirá; hará locuras para la grandeza del Duce…”.

Ahora, sentados en la escalinata de aquella iglesia que era del todo parecida a la de mi pueblo, atornillando entre los dedos cigarrillos deformes, sentía una gran necesidad de hablar y hablar, como un borracho: de mí de mi pueblo de mi mujer, y de la azufrera donde había trabajado, y de la huida, desde la azufrera, al fuego de España.

Se oyeron tiros de fusil. “Han disparado al herido” dijo Ventura.

…..”

 

Quizás ésta sea la voz narradora más cercana al corazón del jóven Sciascia. Y esa escena de esos cigarillos deformes, “atornillados entre los dedos” también nos da como una referencia a muchas de las imagenes en que Sciascia ha sido retratado con un cigarillo en la mano. Pues, Sciascia fumaba. Y fumaba mucho.

Claro, eso lo hacía con un gesto más cuidadoso de sus propios cigarillos, quizás podría decirse de una manera que parecía quedarse justo ante el limite de lo aristocrático, aunque de esa actitud él no tenía nada, almenos por su procedencia u origen. Era, más bien, algo como una dosis de desencanto hacia su propio cigarillo, acaso la metáfora de aquella parte del mundo, fuera de él, nada buena y, a pesar de ello, que cada uno de nosotros tiene que tragarse.

El texto con que empecé esta pequeña, pero apasionada introducción a nuestro autor siciliano es sacado de El antimonio, parte inicial de una novela inconclusa y terminada en la medida que hoy conocemos.

La obra en cuestión, de 1969, dentro de una poética realista y a través de muchas referencias a documentos históricos, trata de la experiencia de un minero siciliano que huye de la pobreza y de la realidad de las azufreras de su país (ahí se ocuparon también el padre y el abuelo de Sciascia) alistándose en las tropas voluntarias que Mussolini mandó a España en ayuda de Francisco Franco. Así, el pobre soldado acabará encontrando el nudo que enlazaba la España de Franco y la Italia de Mussolini.

Pero a Sciascia es el mundo hispánico entero el que le suscita ecos y motivos de lo más variado: leyó Cervantes, Ortega y Gasset, de Unamuno, García Lorca, Américo Castro, Borges, etc..

 

“Ir por España – dijo Sciascia – es, para un siciliano, un continuo brotar de la memoria histórica, un continuo aflorar de enlaces, de correspondencias, de ‘cristalizaciones’ “.

“He buscado… en las derrotas del pasado, las razones de la derrota de hoy […] Incluso en el pasado de España… he buscado Sicilia”.

“La guerra de España ha sido, como decía Matthews [periodista del New York Times], un crisol: pero el oro puro que queda es, como siempre, eso de la verdad. Y de la literatura, que de la verdad es hija”.

“Las cosas que escribo proceden siempre de una idea y se desarrollan siguiendo un esquema. Quiero ‘demostrar’ algo por medio de la representación de un hecho imaginado o inventado; y digo ‘inventado’ en el sentido de ‘encontrado’: encontrado en la historia y en la crónica. El suceso, inicialmente, es un pretexto y un ‘modo’ […]

Todos mis libros intentan ser un ‘discurso sencillo’ acerca de temas terriblemente complicados: y la sencillez procede del tema del suceso, del cuento. El ‘essemplo’ decía San Berdino: un ‘essemplo’ que absorbe todo el tema.

 

En suma, casi en paralelo con la declaración de Walter Benjamin, “la dirección del estudio es hacia atrás, y convierte la realidad en escritura”, la materia ensayística de Sciascia adquiere las formas del cuento.

Leonardo Sciascia nació el 8 de enero de 1921 en Racalmuto, pequeño pueblo de la provincia de Agrigento, en Sicilia. Mayor entre sus dos hermanos, ya a los seis años la escuela se le revela como el lugar, real y mítico a la vez, del encuentro con la escritura, del amor por ella, hasta el fetichismo hacia unos instrumentos: papel, bolígrafo, lápiz, tinta – ‘acaso la tinta me la bebía’, según él mismo confesó una vez.

Pasada la adolescencia, se matriculará en la Facultad de Magisterio de la Universidad de Messina: un ‘aprobado’ en filosofía por haberse empeñado en una atrevida distinción cartesiana entre vigilia y sueño en el pensamiento de Berkeley; un ‘no aprobado’ en Literatura italiana por haberse referido a un texto de Silvio D’Amico sobre obras de teatro a la venta en folletos: en aquel entonces esto era considerado un género no muy digno, en cambio hoy la más importante Academia italiana de Arte dramática lleva justo el nombre de aquel Silvio D’Amico. Sin embargo, entretanto Sciascia se lo pasaba escribiendo mucho para sí mismo.  Pues, él mismo nos contará:

“He pasado los primeros veinte años de mi vida dentro de una sociedad doblemente no líbre, doblemente no racional. Al final, una sociedad/no sociedad. Esa Sicilia de la cual Pirandello nos dio la más verdadera y honda representación. Y el fascismo. Pues, sea contra la manera de ser siciliano o sea contra al fascismo he tratado de reaccionar, buscando dentro de mí (y fuera de mí sólo en los libros) la manera y los recursos para lograrlo. A solas. Es decir, finalmente, de manera convulsa“.

Será María Andronico, de la provincia de Catania, maestra también en Racalmuto, la que le dará serenidad y dos hijas. En 1948, en cambio, una tragedia familiar: el hermano de Sciascia se suicida, y la imposibilidad de conocer las razones de ese triste acto acrecentará su dolor.

Apenas un par de años después, sacado el título de maestro de escuela (ocupación que no dejará, hasta jubilarse), empieza su camino literario con la publicación de dos pequeños libros: Fábulas de la dictatura y Sicilia, su corazón.

Si el primero es un conjunto de ventisiete breves prosas de estilo fabulístico que representan una amarga ironía sobre el régimen fascista (rigidas y paranoicamente repetitivas como la dictadura), el segundo es una colección de breves poesías donde, en cierto modo, se halla el fondo de su obra futura:

 

Como Chagall, quisiera coger esta tierra

dentro del inmóvil ojo del buey.

No un lento carrusel de imágenes,

una raggiera di nostalgie: soltanto

queste nuvole accagliate,

i corvi che discendono lenti;

e le stoppie bruciate, i radi alberi,

che s’incidono come filigrane.

Un miope specchio di pena, un greve destino

di pioggie: tanto lontana e’ l’estate

che qui distese la sua calda nudita’

squamosa di luce – y tan distinto

el anuncio del autumno,

sin las voces de la vendimia.

El silencio es voraz sobre las cosas.

S’incrina, se il flauto di canna

tenta vena di suono: e una fonda paura dirama.

Gli antichi a questa luce non risero,

strozzata dalle nuvole, che geme

sui prati stenti, sui greti aspri,

nell’occhio melmoso delle fonti;

le ninfe inseguite

qui non si nascosero agli dei; gli alberi

non nutrirono frutti agli eroi.

Aquí Sicilia escucha su vida.


Estos son los versos del primer poema que da título a la obra. Y esa tierra es Sicilia. De la cual, sin embargo, no querrá darnos un retrato delicioso, ni un abrumadora queja sobre el cuadro que observa. Los temas de fondo están dentro del “inmóvil ojo del buey”, cada cosa está en su propio sitio: la miseria, el analfabetismo, la inteligencia desperdiciada, la mafia y el ‘Risorgimento italiano’, que ha pasado por la isla como el agua por un trapo, sin dejar huella, el fascismo: no sólo el italiano, español o alemán, sino todos los fascismos en la sociedad.

De ahí en adelante Sciascia, junto a colaboraciones a los diarios nacionales ‘Corriere della Sera’ y ‘La Stampa’, no parará de publicar obras (casi una cada año) hasta el última, Una historia sencilla, que saldrá a la venta el mismo día de su muerte, el 20 de noviembre de 1989.

Díficil sería esbozar un retrato detallado de Sciascia sin recorrer paso a paso toda su larga bibliografía (acerca de 43 obras), y gran parte de los acontecimientos mayores de Italia a lo largo de su vida, en medio de los cuales siempre logró decir algo no necesariamente acertado pero simpre fruto de la razón.

Claro, ciertamente no nos referimos aquí a la razón de aquel sentido común que demasiadas veces solemos asumir acriticamente, sino la razón suya, la propia de Sciascia, tal y como era: siempre en busca de las lagunas que todo pensamiento colectivo esconde.

Memorable su afán polemico. Pero esto no era tan solo un rasgo caracterial o intelectual, sino de su poética. Y él mismo nos lo revela cuando así contesta en una entrevista con Claude Ambroise, el editor de su obra completa por la editorial italiana Bompiani, (1990):

“[ ¿Dostoevskij? ] Muy gran escritor, pero no lo amo. Por pequeño o grande que sea, un escritor tiene que tomar partido. Quién ama a Tolstoj no puede amar a Dostoevskij, quién ama a Stendhal no puede amar a Proust, quién ama a Dante no puede amar a Petrarca.”

Memorable, también, una de sus declaraciones en respuesta a un artículo de Eugenio Scalfari, director del periódico nacional italiano ‘la Repubblica’, donde Sciascia reivindica todo el derecho y el deber, a la vez, de entrar en toda polemica:

“No poseo, lo reconozco, el don de la oportunidad y de la prudencia. Pues, cada uno es lo que es”.

Pero “entiendo muy bien que ni se le ocurrirá la minima sospecha que alguien pueda escribir sólo por amor a la verdad…”

Claro que luego Claude Ambroise, en su introducción al trabajo recién citado, afirmará:

 

No creo que me lo dijera Sciascia, tal vez un amigo, o quizás lo haya leído en algun lado, igual lo he visto declarar o sugerir en demasiados artículos así que yo mismo he terminado por pensarlo: que su problema, el problema de Sciascia, es el de la verdad.

De aquí el empeño como algo propio del papel de un escritor. Y en efecto no hubo empeño, por parte de Sciascia, que llegaría a separar el escritor del hombre apasionado por los acontecimientos de su pais, ya que hasta el segundo de los dos cargos políticos que se le ocurrió tener, en 1979 diputado en el Parlamento italiano y miembro,  hasta 1983, de la “Comisión parlamentaria de encuesta sobre el secuestro y la muerte de Aldo Moro”, producirá unas Conclusiones alternativas que serán publicadas en una nueva edición del Caso Moro (1983).

Por lo que me atañe, muchas veces me he preguntado si a Sciascia nunca se le haya ocurrido de leer unos versos del autor polaco-lituano Czeslaw Milosz, premio nobel de literatura en 1980 y nieto de otro famoso Milosz, Oscar Vladislas de Lubicz). Pero creo que le habrian gustado estos versos de 1945, extraídos de su poema titulado ‘Prefacio’:

Tu, que no he podido salvar,

Escuchame.

Trata de entender este lenguaje sencillo, tendría verguenza de otro.

(…)

Qué es la poesía que no salva

Los pueblos, ni las personas?

Es una complicidad de mentiras oficiales,

Una cantinela de borrachos, a quienes, dentro de un rato, se les cortará la garganta,

Una literatura para damiselas.


Pero quizá nadie lo haya dicho tan claro y rotundo como Onofrio Pirrotta, famoso periodista italiano y viejo amigo de Sciascia, al menos cuando, después de ponerle en la cima de la literatura italiana de la segunda parte del siglo XX, sigue declarando:


“no sólo por su estilo inconfundible y sin comparaciones – seco, eficaz, esencial, ritmado, irónico, culto – sino por su compromiso político y social. Un empeño que mostraba sobretodo en sus obras. Podemos decir que no ha escrito ningún libro que no tuviese tambien el objetivo de luchar contra injusticias, vejaciones, imposturas o cierto conformismo. (…) Antes de Sciascia los intelectuales italianos (excepto Pasolini, gran amigo de nuestro Leonardo), los Moravia, Calvino, Pratolini, etc., exhibían su propio compromiso social firmando. Nunca se negaban a una firma: fuese por el Vietnam o por la democracia en España o Portugal… luego escribían sus libros casi olvidándose de las graves cuestiones a que se enfrentaban Italia y el mundo entero. Sciascia nunca olvidó, y sin embargo, escribió libros que nos dicen de Italia y de los italianos más que enteras bibliografías.”

Si el género narrativo preferido por Sciascia aparecerá ser el de la novela policíaca (aunque su verdadero objeto no es la intriga), los cuentos breves raramente se reducen a la dimensión literaria de este género. Ni los ensayos de crítica literaria y de historia se escapan del género narrativo.

Sus artículos en los periódicos son prosas de auténtico valor por lo refinado de su estilo y por los innumerables enlaces intertextuales a la amplia enciclopedia cultural de nuestro escritor: todo esto sin perder nunca la obligada adherencia a las crónicas de su tiempo.

Será el teatro el genero que se quedará siempre en los márgenes de su obra. Y la razón la explicará el mismo Sciascia en 1979 al amigo Davide Lajolo, escritor, periodista y político italiano:

Hay mucho diálogo en mis cosas: y en cierto punto sentí la necesidad de escribir para el teatro. Pero me he encontrado con el director. Esa mediación devastadora (devastadora de los textos) me ha turbado, me ha alejado. ¡Qué lástima!: a lo mejor era un amor que podía seguir. Ahora dejo que los demás reescriban mis cosas para el teatro. Con mucha indiferencia: como hacia el cine”.


Sin embrago el año de su consagración ha sido 1961, año de la publicación de El día de la Lechuza, su más grande éxito entre todos sus libros y al que más se debe la fama mundial de este escritor.

La novedad, más que literaria, está en el tema del libro. Puesto que en los primeros años sesenta no se hablaba mucho de mafia y aún no era un tema nacional (la Comisión parlamentaria Antimafia no será instituida hasta 1963), Sciascia la convierte en un tema literario que, con la estructura de una novela policíaca, revela una idea de la vida distinta de la pirandelliana.

Pues, en una novela policíaca clásica el detective desvela la solución del enigma contándonos un delito u obligando al culpable, por ejemplo, a hacerlo. En este momento, que es el momento de la verdad, el asesino se rinde y admite todo, tal vez se suicida. En cambio, Bellodi, el capitán de los ‘carabinieri’, busqua la verdad y la encuentra, quizás demasiado pronto por ser, en principio, un investigador de una novela policíaca. Así que, ni a él ni a nosotros, nos queda ninguna duda acerca del culpable, un mafioso.

Entonces aquí la verdad no es inalcanzable – ya que está al alcance de la voz popular – ni hay que buscarla sino “probarla”. Y más, en El día de la lechuza – nos avisa otra vez Ambroise – “sobre la verdad se impone otro cuento, el falso testimonio de un ‘mafioso’ libre de toda sospecha”. Tal vez sea en este intercambio de papeles el sentido ideológico de esa novela.

Veamos cómo, en este extracto de la obra en cuestión, por mí mismo reducida a dialogo para mayor comodidad del público aquí presente:

“…..

-         Así que hemos empezado con mal pie… Volvamos atrás: ¿de qué fuentes proceden sus ganancias?

-         No volvemos atrás para nada, yo el dinero me lo manejo como quiero… Puedo sólo precisar que no siempre lo tengo en el banco; a veces se lo presto a los amigos, sin letras de cambio, en confianza… Y, como el año pasado todo el dinero que tenía fuera me lo devolverion, pude hacer esos depósitos en los bancos…

-         Donde había ya otros depósitos, a su nombre y a nombre de su hija…

-         Un padre tiene que pensar en el futuro de sus hijos.

-         Es más que justo, y usted ha asegurado a su hija un porvenir de riqueza… Pero no sé si su hija podría justificar lo que ha hecho usted para asegurarle esa riqueza… Sé que actualmente está en un colegio de Lausana, carísimo, famoso… Me imagino que usted se la encontrará muy cambiada: ennoblecida, piadosa con todo aquello que usted desprecia, respetuosa con todo aquello que usted no respeta…

-         Deje en paz a mi hija…. Mi hija es como yo.

-         ¿Como usted?… Espero que no, y además usted está haciendo de todo para que su hija no sea como usted, para que sea distinta… Y cuando ya no reconozca a su hija, de tan distinta, usteda habrá pagado de algún modo el precio de una riqueza construida con la violencia y el fraude…

-         Usted me está echando un sermón.

-         Tiene razón… Usted aquí quiere encontrarse al esbirro, tiene razón… Hablemos, por lo tanto, de su hija, por el dinero que le cuesta, por el dinero que usted acumula en su nombre… Mucho, muchísimo dinero; de procedencia, digamos, incierta… Mire: éstas son las fotocopias de las fichas, a su nombre y al de su hija, que tienen los bancos. ¿Me puede explicar usted su procedencia?

-         ¿Y usted?

-         Lo intentaré, porque en el dinero que usted acumula tan misteriosamente se deben buscar las razones de los crimenes que estoy investigando; y hay que aclarar de algún modo esas razones en las actas en las que le imputaré de inducción al homicidio… Lo intentaré… Pero usted también tendrá que dar una explicación al fisco, y ahora transimitiremos estos datos al la oficina fiscal…

-         Mah… (gesto de indiferencia de don Mariano)

-         Las inspecciones fiscales, por lo que veo, no le preocupan.

-         No me preocupo nunca de nada.

-         ¿Y cómo es eso?

-         Soy un ignorante, pero me bastan dos o tres cosas qu sé: la primera es que debajo de la nariz tenemos la boca, para comer más que para hablar.

-         También yo tengo la boca debajo de la nariz, pero yo le aseguro que solamente como lo que ustedes los sicilianos llaman el pan del gobierno.

-         Lo sé, pero usted es un hombre.

-         (Irónico) ¿Y el sargento?

-       No lo sé  (escrutando al sargento). Yo tengo una cierta práctica del mundo; y lo que llamamos humanidad, y se nos llena la boca al decir humanidad, hermosa palabra llena de viento, la divido en cinco categorías: los hombres, los mediohombres, los hombrecillos, los, hablando con respeto, tomarporculo y los cuacuacuá… Hombres hay poquísimos; mediohombres, pocos, pues ya me daría yo por contento si la humanidad se agotara con los mediohombres… Pero no, sigue descendiendo hasta los hombrecillos, que son como los niños que se creen mayores, monos que hacen los mismos gestos que los mayores… Y todavía, más abajo, los tomarporculo, que se están convirtiendo en un ejército… Y por fin los cuacuacuá, que deberían vivir como los patos en las charcas, pues su vida no tiene mayor sentido ni mayor expresión que la de los patos… Usted, aunque me clave sobre estos papeles como a un Cristo, usted es un hombre…

-       Por qué soy un hombre, y no un mediohombre o incluso un cuacuacuá?

-      Porque desde el puesto que ocupa usted es fácil poner el pie sobre la cara de un hombre, y usted en cambio tiene respeto… De personas que están donde usted está ahora, donde está el sargento, hace muchos años, recibí yo un ofensa peor que la muerte; un oficial como usted me abofeteó; y abajo, en el calabozo, un brigada me ponía la brasa del puro en la planta de los pies, y se reía… Y yo digo: ¿puede uno volver a dormir en paz cuando le han ofendido así?

-         ¿Por lo tanto yo no le ofendo?

-         No, usted es un hombre.

-         Y le parece propio de un hombre matar o hacer matar a otro hombre?

-       Yo nunca he hecho nada de eso. Pero si usted me pregunta, como pasatiempo, por comentar las cosas de la vida, si es justo quitar la vida a un hombre, yo le digo: primero habrá que ver si es un hombre…

-        ¿Dibella era un hombre?

-        Era un cuacuacuá.

-         ¿Y tenía usted motivos particulares para clasificarlo así?

-         Ningún motivo, apenas lo conocía.

-         Sin embargo su juicio es muy preciso, tendrá que haber elementos en los que se base… quizás usted sabía que era una espía, un confidente de los carabineros…

-         No me preocupaba eso.

-         Pero lo sabía…

-         Lo sabía todo el pueblo.

-         Pero, almenos por una vez, hace unos diez días, a Dibella se le escapó una información cierta: en este despacho, sentado donde está usted…. ¿Cómo lo supo usted?

-         No lo supe, y de haberlo sabido no habría sentido ni frío ni calor.

-         Quizá Dibella fue a verle, a confesar su error, agitado por el remordimiento…

-         Era persona de las que sienten miedo, no remordimiento; y no había ninguna razón para que viniera a verme.

-         Y usted, ¿es hombre de los que sienten remordimiento?

-         Ni remordimiento ni miedo, nunca.

-         Algunos amigos suyos dicen que es usted muy religioso.

-         Voy a la iglesia, envío dinero a los orfelinatos…

-         ¿Cree que baste?

-         Claro que basta; la Iglesia es grande porque cada cual está en ella a su manera…

-         ¿No ha leído nunca el Evangelio?

-         Lo oigo leer cada domingo.

-         ¿Qué le parece?

-         Bellas palabras; la Iglesia es toda una belleza.

-         Veo que para usted la belleza no tiene nada a que ver con la verdad.

-         La verdad está en el fondo de un pozo; uno mira en un pozo y ve el sol y la luna, pero si se tira ya no hay ni sol ni luna, está la verdad.

-         Usted ha ayudado a muchos hombres a encontrar la verdad en el fondo de un pozo. Y Dibella estaba ya en la verdad cuando escribió su nombre y el de Pizzuco.


Como acabamos de ver, en este hueco entre una visión ideal del Estado y una sociedad contaminada por la mafia, la verdad puede ser desvelada sólo por medio de la literatura: sólo ella puede componer el discurso adecuado a denunciar una verdad concreta, aunque todavía no alcanzada o inalcanzable.

Creo que tenía razón Walter Mauro, o alguien que él mismo citaba en su estudio sobre Sciascia (La Nuova Italia, Florencia, 1970) – texto que aquí no he podido volver a consultar – cuando aproximadamente afirmaba que, a través de su obra, Sciascia ha vuelto a fundar esa tradicional cultura siciliana del ser/aperecer un ‘hombre’, no solo rechazando todos los recursos violentos, sino dándole la vuelta al mismo concepto de ‘hombría’ hacia el absoluto de la “verdad”.

Y – me permito añadir yo – quizás más que moral, un absoluto intelectual. O sea, una verdad más allá de toda noción de justicia y antes que cualquier forma de libertad.

Así, al menos, parece resultar de estas palabras de Sciascia que os voy a recordar y que han sido sacadas de una famosa entrevista de Juan Arias, del periódico El País, con un título muy contundente: Leonardo Sciascia contra la imbecilidad. A la pregunta del periodista, “Dónde empieza y dónde termina su libertad como escritor?, Leonardo Sciascia contestaba así:

En decir lo que quiero y en que sea escuchado lo que digo, aunque exprese disentimiento. Sin embargo, esto no existe. Puedo ser un escritor bueno o malo pero – decía Sciascia de manera íronica – sólo en la medida en que me declare más o menos cercano al partido comunista.

Sería necesario crear un periódico de las noticias pequeñas. El otro día leí un pequeño episodio sólo en un diario: una huelga de ferroviarios porque uno de ellos había sido acusado de haber abierto un paquete y de haber robado. Esto es lo opuesto a la libertad. No se puede ir a la huelga porque uno de la corporación haya cometido un delito.

Yo creo que esta noticia es espantosa porque significa la corrupción de la conciencia de este país.


Acaso nos podríamos quedar aquí con hablar de Sciascia y de su extraordinario compromiso en hacer la literatura más cercana al hombre ‘de carne y hueso’. Pero permetidme ahora terminar con la lectura de un último extracto revelador de su más íntimo y de su propio interés y amor hacia España. Pues, volvamos a El antimono, la obra de la cual empezamos eso de esta noche, que definiría nada más que un cuento acerca de un gran siciliano. Pues – lo entenderais del texto – otra vez obligada me parece una lectura entre italiano y castellano.

“…

La primera vez que de mi pueblo fui a Palermo tenía diez años, c’era mio padre, (…) era il mio primo viaggio in treno, il treno i ferrovieri le stazioni il paesaggio, todo era para mí alegre novedad; (…). En un punto del viaje el ferroviario gritaba “Aragona, cambio” aquellos que no debían ir hacia Girgenti** bajaban cargados de maletas y fardos para subir a otro tren que esperaba. (…) Ricordo il paese di Aragona come appare dal treno, qualche minuto prima di giungere alla stazione (…).

En el Aragón español, una región que tiene muchos pueblos que se parecen a Aragona en provincia de Girgenti (…) aquel grito venía aún atravesando mis pensamientos “Aragona, cambio” así como a veces nos surge un motivo musical, la frase de una canción, e per giorni dentro di noi si svolge e varia. Pensavo ‘cambio, la mia vita cambia treno… o estoy para subir al tre de la muerte… cambio: Aragona, cambio… cambio’ y esa idea se volvía obsesión musical. Yo creo en el misterio de las palabras, y en que las palabras puedan hacerse vida, destino; así como se convierten en belleza.

Molte persone studiano, fanno l’universita’, diventano buoni medici ingegneri avvocati, diventano funzionari deputati ministri; a esas personas quisiera preguntar: “¿sabéis lo que ha sido la guerra de España? ¿Lo que ha sido de verdad? Si no lo sabéis, no comprenderéis nunca lo que hoy ocurre delante de vuestros ojos, non comprenderete mai nulla del fascismo del comunismo della religione dell’uomo, non comprenderete mai nulla di nulla: perche’ tutti gli errori e le speranze del mondo si sono concentrati in quella guerra (…). Yo había ido a España que apenas sabía leer y escribir (…); y he vuelto que me parece que puedo leer las cosas más atrevidas que un hombre pueda pensar y escribir. Y sé porque el fascismo no muere, y estoy seguro de conocer todas las cosas que en su muerte tendrían que morir, y lo que tendría que morir en mí y en los demás hombres para que, por siempre, el fascismo muera.



* Los textos de procedencia de originales italianos (o en esta lengua encontrados)  han sido traducidos por mí mismo desde:


Leonardo Sciascia, Opere, Edizioni Bompiani, 1990, edición por Claude Ambroise, p. XXV.

Leonardo Sciascia, Ore di Spagna, Bompiani, 2000, artículo original en “Corriere della Sera” de 8 de abril de 1983.

Entrevista a Sciascia por Walter Mauro, en su Sciascia, Il Castoro (La Nuova Italia), n.48 diciembre 1970

Walter Benjamin, Franz Kafka. Per il decimo anniversario della sua morte, en Angelus Novus. Saggi e frammenti, Einaudi, 1995, pp. 303-304 (traducción italiana por Renato Solmi)

Czeslaw Milosz, Poesie, Biblioteca Adelphi, 1983, (traducción italiana de Piero Marchesani)

Onofrio Pirrotta, LEONARDO “NANA’” SCIASCIA, SONO VENT’ANNI CHE CI MANCA http://www.facebook.com/notes/onofrio-pirrotta/leonardo-nana-sciascia-sono-ventanni-che-ci-manca/130376464028


excepto:


Leonardo Sciascia, El día de la lechuza, Tusquets Editores, 2008 (traducción española por Juan Ramón Azaola).

Juan Arias, Leonardo Sciascia contra la embecilidad, entrevista a Leonardo Sciascia en http://www.radioradicale.it/exagora/leonardo-sciascia-contra-la-imbecilidad


** Nombre que la actual Agrigento tuvo hasta el 1927 (n.d.t.).

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